El futuro de los festivales de cine
La semana pasada Fundación Mapfre, que ha creado el interesante Festival 4+1 y que es colaboradora del Zinemaldia en diferentes actividades, organizó en Madrid el pasado 18 de abril el encuentro Festivales de cine: Una mirada al futuro. Diferentes profesionales del sector audio visual se reunieron en las mesas redondas y en el auditorio, en una convocatoria superó las expectativas de los organizadores. La verdad es que este es un momento complicado para los festivales de cine, tanto por problemas presupuestarios (cómo sobrevivir en tiempos de crisis económica) como tecnológicos (el impacto de las nievas tecnologías en los hábitos de consumo de los espectadores).
Sin palabras
El título de este post tiene que ver con The Artist, pero no porque esté boquiabierto ante todos los premios que se ha llevado este fin de semana (algo que ya se sospechaba desde hace tiempo, visto el Premio del Público en San Sebastián y la recepción que está teniendo la película en todas partes); lo de "sin palabras" viene porque, pensando en el sorprendente hecho de que el gran acontecimiento cinematográfico del año haya sido una película en blanco y negro y muda, he empezado a recordar otras películas sonoras mudas. No tiene por que ser algo contradictorio: en la época del cine mudo no escuchábamos las voces de los actores debido a un simple problema tecnológico, pero los intertítulos de estas películas ponen en evidencia que el cine quería hablar. Sin embargo, en plena época del sonoro hubo cineastas con ideas claras (y algunos muy cabezotas) que optaron por suprimir los diálogos y reducir la banda sonora de sus películas a música y sonidos. En algunos casos se trataba de recuperar cierta inocencia del cine mudo (como hace The Artist), pero en otros la operación obedece más bien a la voluntad de contar un relato sin necesidad de recurrir al diálogo. La oferta es variada y más amplia de lo que podríamos pensar, pero aquí os dejo algunas de mis favoritas, ahora que parece que las películas mudas vuelven a ponerse de moda.
Gazzara… y Cassavetes y Falk
Ben Gazzara, fallecido el pasado 3 de febrero a causa de un cáncer de páncreas, será recordado por ser un buen secundario en producciones estadounidenses y un buen protagonista, desde principios de los años 80, en películas europeas como Ordinaria locura (1981), de Marco Ferreri. Pero lo más destacado de su larga trayectoria, iniciada en la televisión en 1952 y poco después en el cine –Anatomía de un asesinato (1959), de Otto Preminger, es su primer trabajo destacado– es sin ningún tipo de dudas la excelente asociación que estableció con el independiente John Cassavetes. Gazzara, Peter Falk y el propio Cassavetes, trío torrencial donde los haya, fueron los tres protagonistas de una película esencial de Cassavetes, Maridos (1970), en la que la ficción y las experiencias propias se mezclaban de forma extraordinaria.
Falk y Gazzara se convirtieron desde entonces en los grandes compañeros de viaje de Cassavetes. Falk caló en la memoria popular por su papel de Colombo en la serie televisiva del mismo título, pero siempre fue fiel al “estilo Cassavetes”, trabajando de nuevo a sus órdenes en Una mujer bajo la influencia y Un hombre en apuros. Gazzara hizo lo mismo en The killing of a chinese bookie (1976) y Opening night (1977), particulares y densas reescrituras del género negro y del drama con fondo teatral. Ante la cámara de su amigo Cassavetes, Gazzara se crecía, mostraba su talento para el drama, toda la rabia controlada (herencia de su paso por el Actor’s Studio) y su innata capacidad para la ironía. Todo eso, y algunas cosas más, fue reconocido por el Festival de San Sebastián en 2005, cuando se le otorgó el Premio Donostia.
Falk murió el mes de junio de 2011. Cassavetes había fallecido en 1989, y también el 3 de febrero. El fin de toda una época, de la verdadera independencia cinematográfica. Los tres protagonistas de Maridos, filme clave para el cine independiente, ya no están entre nosotros, y con la muerte de Gazzara, el último representante de una forma concreta de trabajar en camaradería, llevando a la pantalla la experiencia propia simulando que se trata de una historia de ficción, concluye esa época.
Gazzara y Cassavetes hicieron más cosas juntos, como coincidir en el reparto de Capone (1975), una producción de Roger Corman en la que el alumno le ganó al maestro: Cassavetes tenía un personaje secundario de matón, mientras que Gazzara dio vida al mismísimo Al Capone. Gazzara fue siempre un rostro ideal para el cine de gánsteres. Buena parte de su carrera se adscribe al cine negro, aunque siempre con títulos e interpretaciones matizadas, lejos del lugar común del género.
Capone es un buen ejemplo, al igual que Saint Jack, el rey de Singapur (1979), otra producción de Corman, esta vez dirigida por Peter Bogdanovich, en la que Gazzara brilló en el papel de un escéptico americano que regenta un burdel en Singapur; a las órdenes de Cassavetes había dirigido un local de striptease en The kiling of a chinese bookie. En los personajes al límite, en claroscuro, se sintió siempre cómodo. Algunos de sus trabajos italianos son un buen ejemplo: Ordinaria locura o Il camorrista (de Giuseppe Tornatore), en el papel de un recluso que se hace con el control de un penal. Bogdanovich, de nuevo, potenció su lado más amable y divertido: Todos rieron (1981), significativo título, al lado de Audrey Hepburn.
Theo Angelopoulos: un día, la eternidad
La eternidad se reduce a veces a un simple día. Theo Angelopoulos, que había presentado en el festival de San Sebastián dos de sus películas más preciadas, La mirada de Ulises (1995) y La eternidad y un día (1998), cruzó una carretera que no debía cruzar, en las afueras de Atenas, y un motorista lo atropelló y le provocó una hemorragia cerebral que no pudo superar. El tópico dirá que murió al pie del cañón, ya que se encontraba supervisando localizaciones para la que se había anunciado como su película-testamento. Una pirueta negra del destino, una cruel paradoja: Angelopoulos no ha podido rodar el filme con el que había decidido despedirse del cine.
La eternidad de un cineasta son sus películas. Angelopoulos se fue en un día, en unas horas, las que transcurrieron desde el accidente hasta su ingreso en el hospital. En La eternidad y un día relató la historia de un escritor enfermo que, en el ocaso forzoso de su existencia, decide comprometerse con los demás después de arrastrar la culpa de comprometerse solo consigo mismo. La muerte estaba presente de un modo u otro en cada plano de aquella película, una muerte que era asumida de manera tranquila, como el desenlace inevitable que tampoco, en otras circunstancias, Angelopoulos pudo sortear.
Parece ser que le expulsaron de la escuela de cine de París, IDHEC, por tener ideas de lo más radical en cuanto al cine. Su radicalidad, en todo caso, apareció con su forma de medir el tiempo cinematográfico, de filmar y encuadrar los actos y los gestos de manera parsimoniosa, como aletargando los planos más de lo debido para crear un estado de ánimo concreto en el espectador.
El plano-secuencia fue una de sus herramientas, y la confrontación con la Historia, fuera en tiempos de exterminios nazis –en El viaje de los comediantes (1975)– o radiografiando al bisturí la situación actual de su país, pero también, como viene haciendo Manoel de Oliviera desde hace años y hacía igualmente el fallecido Raúl Ruiz, el trabajo-confrontación con estrellas cinematográficas como Marcello Mastroianni, con quien trabajó en El apicultor (1986) y El paso suspendido de las cigüeñas (1991); Bruno Ganz, el escritor enfermo de La eternidad y un día, o Harvey Keitel, convertido en el cineasta griego que viaja por los convulsos Balcanes de La mirada de Ulises, una de las obras-clave del cine contemporáneo, la gran odisea del cine moderno.
El cine según Franju
No creo que haga mucha falta justificar el ciclo dedicado a Georges Fanju que hemos anunciado hoy, pero puede ser oportuno presentárselo a quienes no lo conozcan bien, o incluso a quienes no habían oído hablar nunca de él. Al fin y al cabo, aunque Franju fue contemporáneo de cineastas franceses como Truffaut, Godard, Chabrol o Resnais, su obra es muchísimo menos conocida que la de todos ellos. Solo cuatro de sus nueve largometrajes fueron estrenados en las salas de cine españolas y solo uno de ellos ha sido editado en nuestro país en dvd. Pero en lugar de plantear la presentación biográfico-filmográfica al uso, prefiero dejar que hable el propio Franju con sus escritos y sus películas. Aquí os dejo una colección de citas suyas que explican bastante bien sus ideas sobre el cine, bien acompañadas de unos fragmentos de las películas que podrán verse en Zinemaldia. Para ir abriendo boca, más que nada.
Hay que salir más
Como decía el otro día José Luis Rebordinos, nos habíamos propuesto este año que empieza atender más este blog que se ha convertido en un equivalente a las plantas que tiene una azafata de vuelo en su casa: necesitan que las rieguen y nunca hay nadie para atenderlas. Mi tardanza de diecienueve días exactos en hacerlo se debe a que, como las azafatas, también paro poco en casa. Este hecho aparentemente banal me ha dado mucho que pensar.
Carrière y el monje
En los festivales de cine a veces se producen raras casualidades, coincidencias que no estaban previstas por los programadores y que pueden parecer producto de algún plan premeditado. Este año Jean-Claude Carrière, guionista de algunas de las más famosas películas de Luis Buñuel (y de muchísimas más cosas), presentará en Zabaltegi-Especiales el documental Carrière, 250 metros, un recorrido guiado por él mismo por los lugares y personas que han sido de vital importancia en su vida. Mientras tanto, en nuestras nuevas sesiones de medianoche, se proyectará la película de Dominik Moll Le moine / El monje, una cinta de horror gótico protagonizada por Vincent Cassel. En apariencia, dos películas que nada tienen que ver entre sí. Pero hay una historia secreta y muy curiosa que las une.
El regreso de Walter Hill
Una de las cosas que más ilusión hacen cuando trabajas en un festival de cine es esa oportunidad de encontrarte con gente que ha sido importante en tu pasado (cinematográficamente hablando, claro, que en otros terrenos más resbaladizos maldita la gracia que hace). Ese sentimiento –que a veces se reviste de un aura un tanto infantil, por qué negarlo– lo tuve cuando hace unas semanas Walter Hill nos confirmaba su visita a San Sebastián para presentar nuestro ciclo de este año, American Way of Death: Cine negro americano 1990-2010. Walter Hill regresa así a San Sebastián treinta años después de que presentara una de sus películas en el Zinemaldia. Walter Hill, nada menos. Asumamos que todo cinéfilo (y también cualquier aficionado) tiene en su cabeza dos historias paralelas del cine: una es la que está en los libros y nos enseñan en las universidades, otra es la nuestra personal, la de los directores y películas que, por un razón u otra, nos han dejado imágenes marcadas a fuego en la memoria. Walter Hill es uno de esos cineastas imprescindibles en la recuerdo cinéfilo de mi generación, criada principalmente con el cine de la segunda mitad de los setenta. Hill significaba para nosotros el perfecto ejemplo de que era posible un cine de acción de calidad, de elegante sobriedad, con un laconismo en la descripción de situaciones y personajes que abría la puerta a todo tipo de sugerencias.
James Gray: film noir y tragedia familiar
El próximo 16 de septiembre, James Gray estará en San Sebastián para presentar nuestro ciclo de este año, American Way of Death: Cine negro americano 1990-2010. Con tan solo cuatro largometrajes como director, James Gray se ha ganado un merecido puesto de honor en el cine norteamericano contemporáneo y, especialmente, en el género negro, al que ha aportado notables dosis de drama y tragedia familiar respetando las normas del género y reinventándolas a partir de presupuestos nada chocantes ni en lo temático ni en lo formal.
RAÚL RUIZ Y EL ZINEMALDI
La fiebre que nos invade durante las semanas previas a la inauguración del Festival, mientras tratamos de combinar fechas y pergeñar una programación coherente, ha quedado abruptamente interrumpida ante la noticia del fallecimiento de Raúl Ruiz. Me resisto a utilizar la nomenclatura francesa del nombre del realizador chileno afincado en Francia desde 1973, huyendo de la dictadura de Pinochet, y prefiero seguir utilizando su versión primigenia en castellano de quien me provocó un considerable impacto con LA EXPROPIACION, uno de sus primeros largometrajes en plena efervescencia del gobierno de Salvador Allende.


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