Centenario de un cascarrabias
Ayer se cumplieron cien años del nacimiento de Bernard Herrmann y estaba pensando en cómo hacerle un pequeño homenaje sin caer en lo que ya todos sabemos: que era el más grande, que las películas sin su música no serían iguales... Pero como eso ya está escrito, prefiero remitir a los que sepan inglés al estupendo libro de Steven C. Smith A Heart at Fire's Center para encontrar cosas más sensatas que las que puedo contar yo aquí (lástima que el libro no está traducido). Porque claro que adoro la música de Herrmann, por supuesto, pero también él me cae muy bien porque era un cascarrabias y siempre está bien admirar a los cascarrabias con los que no hemos tenido ningún trato (a los que tenemos que tratar a diario solemos llamarlos de otra manera y no nos hacen maldita la gracia). Herrmann era un personaje bastante novelesco y por eso su biografía es tan bonita como su música. En fin, que para homenajearlo de manera algo más frívola contaré algunas cosillas de su vida salpimentadas con los obligados minutos musicales.
Transilvania
Ayer volví de Transilvania. Sí, suena raro, lo sé, pero es que resulta que allí también tienen su festival de cine: el TIFF o Transilvania International Film Festival. La broma recurrente (y obvia) era si allí se programaban películas de la Hammer, pero nada de eso, es un festival internacional de verdad donde, por cierto, la coproducción hispano argentina Sin retorno se hizo con el premio a la mejor película. Y premio especial del jurado para La vida útil, esa pequeña película maravilla de Federico Veiroj que, tras su paso por nuestro Zabaltegi, no deja de presentarse en festivales de todo el mundo.
Los colores del bogavante
El pasado viernes se ha estrenado en el país, también en las salas Príncipe de Donosti, Los colores de la montaña, la película colombiana de Carlos César Arbeláez. A comienzos de febrero del año pasado tuve el privilegio de ver el primer montaje de esta película que se postulaba para la convocatoria número 17 de Cine en Construcción a celebrar durante el festival de Toulouse. Recuerdo con nitidez que me quedé muy impresionado tras su visionado. Fue tal mi entusiasmo que recomendé que la vieran de inmediato mis colegas del comité de selección, aunque les advertí que me parecía muy remota la posibilidad de contar con ese título para nuestro festival, porque me apostaba cien bogavantes a que aparecería por alguna de las secciones del festival de Cannes. Uno de esos colegas (en el colegio me enseñaron que se denuncia el pecado pero nunca el pecador) se atrevió a aceptar mi apuesta, lógicamente reducida a un bogavante. Cuando la película ganó en Toulouse el premio de cine en construcción, consideré que tenía la apuesta medio ganada.


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