El blog del Festival
20ago/110

RAÚL RUIZ Y EL ZINEMALDI

Publicado por: Jose Angel

 La fiebre que nos invade durante las semanas previas a la inauguración  del Festival, mientras tratamos de combinar fechas y pergeñar una programación coherente, ha quedado abruptamente interrumpida ante la noticia del fallecimiento de Raúl Ruiz. Me resisto a utilizar la nomenclatura francesa del nombre del realizador chileno afincado en Francia desde 1973, huyendo de la dictadura de Pinochet, y prefiero seguir utilizando su versión primigenia en castellano de quien me provocó un considerable impacto con  LA EXPROPIACION, uno de sus primeros largometrajes en plena efervescencia del gobierno de Salvador Allende.

 Afirma el productor francés de Raúl Ruiz que ni siquiera él sabía con exactitud el número de películas, de diversos formatos y contenidos, que había realizado durante su prolífica carrera. Ciertamente, comparada con lo extraordinariamente dilatado de su filmografía, su presencia en el festival de San Sebastián resulta casi anecdótica y poco significativa, pero presenta algunos detalles que quizás sería bueno recordar ahora para rectificar algunos malentendidos y resolver algunos agravios.

El primer contacto de Raúl Ruiz con el Zinemaldi se remonta a 1984, cuando su mujer (y montadora en la casi totalidad de sus películas), Valeria Sarmiento, presentó en la competición de nuevos directores (única reconocida en los tiempos en que el festival atravesaba por sus horas más bajas) su ópera prima MI BODA CONTIGO, que se alzó con el premio a la mejor película. Un estupendo melodrama, siguiendo y recreando los mecanismos de las obras de Corín Tellado, que consiguió convertirse en obra de culto. Euforia en la realizadora premiada y gran satisfacción del festival por haber presentado en primicia una obra tan prometedora.

Diez años después, en 1994, la película de Raúl, FADO MAJEUR FADO MINEUR, fue seleccionada para participar en la competición oficial. El realizador no se presentó en Donosti y su protagonista, el actor Jean-Luc Bideau, llegó la víspera del día en que estaba programada y se fue al día siguiente, a primera hora de la mañana, antes de la proyección matinal, por lo que hubo que suprimir la rueda de prensa ante la ausencia de miembro alguno de la película. El festival consideró que el comportamiento de los responsables de la película no resultaba muy razonable.

Al año siguiente, 1995, el segundo largometraje de Valeria Sarmiento, ELLE, participó a competición en la sección oficial. Por diversas circunstancias, que no he sabido dilucidar pero que estoy seguro que no obedecían a intenciones aviesas, el director del festival no pudo recibir al equipo de la película cuando se presentó a la proyección oficial en el teatro Victoria Eugenia. El enfado de la realizadora y de sus acompañantes fue mayúsculo y consideraron el agravio como un insulto incalificable. A partir de entonces, Raúl Ruiz y sus colaboradores más próximos tacharon  el festival de San Sebastián como lugar non grato.

Afortunadamente, quince años después, LOS MISTERIOS DE LISBOA  no consiguió plaza en el festival de Cannes, y durante su desarrollo dos miembros del comité de selección del de Donosti vieron  la película en una proyección privada y no dudaron en invitarla para la competición oficial. Su productor, Paulo Branco, aceptó de inmediato la invitación y su proyección en la edición del año pasado constituyó uno de los momentos más intensos del certamen.

Raúl, que unos meses antes se vió sometido a varias y muy complicadas intervenciones quirúrgicas, estuvo presente en el estreno de la película y aunque no pudo asistir a la ceremonia de clausura en la que se le otorgó el premio al mejor director, envió unas palabras en las que agradecía, sincero y emocionado, el galardón recibido.

Sirva esta reseña como testimonio  de las relaciones entre el cineasta irrepetible, Raúl Ruiz, y el festival de San Sebastián, que como se ve no han sido siempre idílicas, pero que han tenido un verdadero happy end. LOS MISTERIOS DE LISBOA se ha convertido en una película de culto, ha tenido una muy razonable proyección en las salas comerciales y como testamento cinematográfico de realizador tan prolífico constituye un broche de oro.

Claro que lo de testamento no es exactamente cierto, porque en estas fechas el realizador estaba empeñado en el montaje y en la postproducción de la película que había realizado en Chile, después de treinta y siete años de exilio, LA NOCHE DE ENFRENTE y planeaba ya la preproducción de otro largometraje, AS LINHAS DE TORRES.

Mi relación personal con Raúl ha sido esporádica pero intensa y sólo posible gracias a sus dos grandes amigos, y valedores con el festival, José María Prado y José María Riba. Con él he compartido algunos almuerzos en Paris y le he visitado en su casa para visionar alguna de sus películas en la moviola. Siempre se comportó de forma amable y exquisita, aunque he de confesar que me sentía irremediablemente intimidado por su inmensa cultura, que desplegaba de modo completamente natural y sin el menor atisbo de pedantería. Ante su presencia, era inevitable que me considerara un ignorante absoluto.

Desde que en Cannes se inauguró el nuevo palacio de festivales, allá por 1983, inmediatamente apodado “el bunker”, se instauró una costumbre pintoresca. Cada vez que arrancaba la proyección para la prensa en la sala Debussy, alrededor de las siete de la tarde, una voz femenina procedente del anfiteatro lanzaba con envidiable potencia el mismo grito: ¡Raoul! (esta vez sí, en inconfundible francés). Nunca se consiguió identificar a la autora de este grito ni descubrir la personalidad de su destinatario. Desde el principio, yo opté por suponer que aquella mujer no se refería a un novio reticente sino que era su particular homenaje al cineasta Raúl Ruiz. En los últimos años, de vez en cuando, algún espectador nostálgico repite la broma de modo tímido y balbuciente, pero claro ya no es lo mismo. A los más veteranos, este simulacro nos parece inoportuno y nos suena casi a profanación.

Jose Angel

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