Hay que salir más
Como decía el otro día José Luis Rebordinos, nos habíamos propuesto este año que empieza atender más este blog que se ha convertido en un equivalente a las plantas que tiene una azafata de vuelo en su casa: necesitan que las rieguen y nunca hay nadie para atenderlas. Mi tardanza de diecienueve días exactos en hacerlo se debe a que, como las azafatas, también paro poco en casa. Este hecho aparentemente banal me ha dado mucho que pensar.
¿Qué que tiene esto que ver con un festival de cine? Pues en realidad mucho. La precaria situación que, debido a la crisis económica, viven los espacios de difusión del cine –festivales, filmotecas, centros culturales– puede tener como efecto último el de fomentar la tendencia del público a quedarse en casa, a explotar sus bajos instintos de pereza y desidia. Curiosamente todo esto coincide con el gran boom de la ficción televisiva y con la difusión de ese pernicioso tópico que tanto daño está haciendo al cine actual (lo malo del tópico es que de tanto decirlo acabamos pensándolo): que el mejor cine está ahora en televisión.
Independientemente de la calidad de las series televisivas actuales, el cine sigue ofreciéndonos todos los años muy buenas, pero que muy buenas, películas. En realidad, me parece a mí que este menosprecio del cine y alabanza de la tele es muchas veces la coartada intelectual con que ocultamos nuestra tendencia a la molicie, como cuando alguien te propone ir a esa exposición que todo el mundo ha visto, pero llueve, hace frío y acabas de comerte un buen cocido. Queda muy prosaico decir “es que me da pereza horrible”, dices tranquilamente: “he leído una crítica en el suplemento cultural y dicen que esa exposición no está nada bien, mejor me quedo en casa y veo la última temporada de Mad Men”. Los nuevos hábitos de consumo, los imposibles horarios laborales, los atascos, las rescacas de fin de semana, las tardes depresivas de domingo con ingesta compulsiva de chocolate y la recogida de niños en colegios han tenido mucho que ver, creo yo, con esta consideración de que el cine ya no interesa y que lo realmente bueno está en la pequeña pantalla.
Los adictos a las series (que ya son legión) hablan de ellas como si fuera un especie de hogar o familia: personajes que ya conoces desde hace muchas temporadas y con los que te has encariñado, casas y ciudades que conoces como si fueran la tuya propia, sitios y gente a la que siempre puedes volver… Una situación realmente idílica para el amante de las cosas en su sitio, los horarios fijos y la comida cocinada en casa. Supongo que ese es precisamente mi gran problema con las series. No es que sean buenas o malas, es que sencillamente no consigo serle fiel a ninguna. Cuestión de carácter. En unos tiempos en que la mayoría de la población se refugia en la monogamia audiovisual siguiendo con fervor religioso una serie (o la poligamia, cuando se siguen a varias a la vez) yo, que jamás he conseguido desayunar lo mismo dos días seguidos, tiendo a la promiscuidad. Mi tarde ideal de sábado no suele ser una sesión de diez horas viendo la última temporada de una serie y compartiendo todo ese tiempo con mis amigos de ficción para ver qué les ha pasado en los últimos meses. Mi sesión ideal, más bien, son cinco películas de cinco países distintos donde a sus cinco protagonistas distintos les pasan cosas distintas y acaban de manera distinta. No vuelvo a saber nada de esa gente, pero no me importa. Es más, me gusta: mi relación con ellos tiene la efímera intensidad de una pasión que no corre el riesgo de caer en la monotonía de la convivencia. Supongo que por eso me lo paso tan bien seleccionando películas para el festival.
Una cosa que me exaspera de la ficción televisiva actual es lo que yo llamo el “efecto bucle”. Tengo buenos amigos muy sabios e ilustres colegas en la universidad que me hablan de nuevos conceptos narrativos en las series, de lenguajes vanguardistas y cosas así. Por su parte, los serieadictos sienten que es como si todos los días al volver a casa se encontraran su plato favorito puesto en la mesa. No es por contradecirlos, pero yo me doy cuenta de que mis series favoritas (Paraonia Agent, The Kingdom, Los misterios de Lisboa, Fanny y Alexander, Hermanos de sangre, El topo, La gente de Smiley, Mildred Pierce) son las que empiezan y terminan, aunque les haya llevado mucho tiempo llegar al final. Pero el “efecto bucle” –que, a mi juicio de profano en la materia, llegó a malograr una serie tan espléndida como Twin Peaks– me pone realmente de los nervios: las temporadas se alargan sin cesar, los personajes dan vueltas alrededor de los mismos problemas (u otros muy parecidos), las casas siempre son las mismas y las ciudades también… Ya sé que la gente adora a esos personajes de ficción, pero es que para mí acaban siendo como esos amigos pesados que llevan años diciendo y haciendo lo mismo y terminan por cargarte un poquito. Y luego están esos otros personajes que son como la gente que nos parece muy interesante al principio porque se rodea de cierta aureola de misterio, pero que en cuando te ha contado su vida entera no resulta nada interesante. Y lo mismo que me gusta probar restaurantes nuevos en vez de cenar siempre en casa (aunque a veces me lleve un chasco), necesito cambiar de aires para no ver siempre la misma casa, las mismas calles, los mismos coches y escuchar la misma música. Imagino que a mucha gente eso le reconforta, supongo que debe ser un síntoma de madurez o algo así. Pero confieso que no es mi caso.
Lo mismo que a veces es mejor no saberlo todo de la gente que nos gusta, me atraen las películas que dejan lagunas, enigmas, gestos irracionales, conductas inmotivadas, cosas sin explicar en la vida de los personajes: ¿realmente necesitamos saber algo más de Clint Eastwood en La muerte tenía un precio? ¿qué le pasó realmente a Lea Masari en La aventura? ¿qué será de Ryan Gosling después de que se marche en su coche en Drive? ¿adónde va John Wayne al final de Centauros del desierto? ¿por qué Jean Seberg nos mira de esa manera cuando termina Al final de la escapada? ¿por qué Alain Delon se ha hecho asesino a sueldo en El silencio de un hombre? Si se hiciera hoy Colombo sabríamos cómo conoció a su mujer y la veríamos a ella afanándose en sus tareas domésticas y discutiendo los casos con su marido en la cama, pero dudo mucho de que la serie me gustara más. Y si hicieran ahora una serie de Casablanca habría una segunda temporada en la que Rick y el capitán Renault, después de haberse hecho amigos en el aeródromo, compartirían piso; entonces Ilsa volvería otra vez porque ha abandonado a su marido, pero luego el marido vendría a buscarla y se reconciliaría con ella; en la tercera temporada, Renault (que es gay pero no ha salido del armario) se echaría como amante a una activista de la Resistencia, que en realidad está enamorada de Rick, aunque Ilsa reaparece de nuevo porque ha dejado otra vez a su marido; esto permitiría pasar a una cuarta temporada donde un flashback nos enseñaría la amante que Rick tuvo en París antes de conocer a Ilsa, mientras que un flashforward nos mostraría qué le pasó a Renault tras la liberación de Francia por los aliados…. También se podría hacer una sitcom de El séptimo sello que hablara de los problemas que supone la convivencia de la Muerte y el Caballero mientras se echan sus partiditas de ajedrez, o sobre lo difícil que le resulta a Ann Darrow mantener una relación de amistad con King Kong, ya que el mono gigante no está muy por la labor… Uf, ahora entiendo por qué me gustan tanto las películas en las que el protagonista muere al final.
Imagino que es por mi naturaleza promiscua por lo que me gustan tanto los festivales de cine, siempre llenos de cosas, ruidosos y estresantes. Se parecen más la mansión de Hugh Hefner que a una familia feliz reunida en torno a la tele. En la última edición del Zinemaldia uno podía pasar un mismo día con Catherine Deneuve, Bruce Willis, Ryan Gosling, Hirokazu Koreda, Miquel Barceló, Antonis Kafetzopoulos y Kim Ki-duk, viajando por París, Teherán, Atenas, Cherburgo, Rochefort, Mali y Fargo. Lo mismo sucedió en la última edición del Festival de Gijón que dirigió el recientemente cesado José Luis Cienfuegos (aprovecho que el Pisuerga pasa por Valladolid para hacerle un rápido homenaje). Un festival –como hacen los centros culturales que ofrecen una buena programación de cine o las filmotecas– nos obliga a salir de casa y conocer otra gente, otros sitios, otras formas de contar y rodar más allá de nuestros más inmediatos hábitos monógamos y polígamos. Salir de casa no implica necesariamente un acto físico, que la circunstancia de cada uno es la circunstancia de cada uno, sino, ante todo, una actitud mental: ir más allá de la rutina de siempre, de la costumbre diaria, arriesgarse a experiencias distintas. Hay, por ejemplo, websites de descarga legal donde se pueden ver películas que han pasado por festivales internacionales. Salir de casa supone negarse a aceptar ese tópico de que el mejor cine está en televisión, que es como decir que en ningún sitio se come mejor que en casa. Algo que sabemos que no siempre es verdad (y más aún en San Sebastián). Desde luego, yo tengo bien claro que, como me ponga a cocinar, en cualquier sitio se va a comer mejor que en mi casa.
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BLOG DEL DIRECTOR.
BLOG FORO DIGITAL AUDIOVISUAL
FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN.
22 febrero, 2012 - 16:38
¡Qué gran “post” del blog! Y estoy casi de acuerdo en todo. Sobre todo en lo de que en San Sebastián, por mucho que te esmeres en casa, no hay nada como comer fuera de élla
.
Un saludo.
Sandra
http://lepetitruemazagran.blogspot.com/