El blog del Festival
1feb/120

Theo Angelopoulos: un día, la eternidad

Publicado por: Quim

La eternidad se reduce a veces a un simple día. Theo Angelopoulos, que había presentado en el festival de San Sebastián dos de sus películas más preciadas, La mirada de Ulises (1995) y La eternidad y un día (1998), cruzó una carretera que no debía cruzar, en las afueras de Atenas, y un motorista lo atropelló y le provocó una hemorragia cerebral que no pudo superar. El tópico dirá que murió al pie del cañón, ya que se encontraba supervisando localizaciones para la que se había anunciado como su película-testamento. Una pirueta negra del destino, una cruel paradoja: Angelopoulos no ha podido rodar el filme con el que había decidido despedirse del cine.

La eternidad de un cineasta son sus películas. Angelopoulos se fue en un día, en unas horas, las que transcurrieron desde el accidente hasta su ingreso en el hospital. En La eternidad y un día relató la historia de un escritor enfermo que, en el ocaso forzoso de su existencia, decide comprometerse con los demás después de arrastrar la culpa de comprometerse solo consigo mismo. La muerte estaba presente de un modo u otro en cada plano de aquella película, una muerte que era asumida de manera tranquila, como el desenlace inevitable que tampoco, en otras circunstancias, Angelopoulos pudo sortear.

Parece ser que le expulsaron de la escuela de cine de París, IDHEC, por tener ideas de lo más radical en cuanto al cine. Su radicalidad, en todo caso, apareció con su forma de medir el tiempo cinematográfico, de filmar y encuadrar los actos y los gestos de manera parsimoniosa, como aletargando los planos más de lo debido para crear un estado de ánimo concreto en el espectador.

El plano-secuencia fue una de sus herramientas, y la confrontación con la Historia, fuera en tiempos de exterminios nazis –en El viaje de los comediantes (1975)– o radiografiando al bisturí la situación actual de su país, pero también, como viene haciendo Manoel de Oliviera desde hace años y hacía igualmente el fallecido Raúl Ruiz, el trabajo-confrontación con estrellas cinematográficas como Marcello Mastroianni, con quien trabajó en El apicultor (1986) y El paso suspendido de las cigüeñas (1991); Bruno Ganz, el escritor enfermo de La eternidad y un día, o Harvey Keitel, convertido en el cineasta griego que viaja por los convulsos Balcanes de La mirada de Ulises, una de las obras-clave del cine contemporáneo, la gran odisea del cine moderno.

Quim

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