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Estás en: Portada > 56 Edición 2008  > Diario del Festival > El maestro del crimen
Diario del Festival » JAPÓN EN NEGRO
El maestro del crimen
ZERO FOCUS / STAKE OUT
Lunes, 22 de septiembre de 2008

Yoshitaro Nomura (1909-2005) fue un cineasta que nunca tuvo la misma repercusión internacional que otros paisanos suyos, pese a que sus películas fueron bien populares en Japón. Puede que se deba a que buena parte de su carrera se centró en géneros locales que no se exportaban tan fácilmente como las películas de época de Kurosawa y Mizoguchi o los dramas domésticos de Yasujiro Ozu. Con una fecunda filmografía donde abundan los melodramas, Nomura, sin embargo, ha pasado a la historia del cine ja­ ponés como uno de los mejores cultivadores del género policíaco, hasta el punto de que a veces se le ha considerado como la versión nipona de Alfred Hitchcock.

Nomura formó un fructífero tándem con el periodista de su­cesos, novelista y guionista Sei­cho Matsumoto, uno de los más célebres autores de literatura po­licíaca en Japón. Juntos urdieron inolvidables relatos policíacos co­mo The Shadow Within (1970), El castillo de arena (1974) o El demonio (1977), así como dos de las películas incluidas en la retros­pectiva Japón en negro, Stake Out (1957) y Zero Focus (1962). El es­tilo de Nomura se basa en la sabia idea de que el film noir es, ante to­do, cuestión de atmósfera: en sus intrigas policiales la climatología siempre tiene una gran importancia, con esos policías que de­ben combatir el delito con las ca­misas empapadas en sudor. El bri­llante comienzo de Stake Out es prueba de esa minuciosa des­cripción de ambientes durante un largo viaje en tren donde el único alivio lo produce un pequeño ven­tilador en el techo. Un hábil tratamiento del espacio es también otro ingrediente elemental en el cine de Nomura: casas y escenarios apacibles, retratados con una franca cotidianeidad terminan siendo los rincones en que se ges­ta el crimen.

Zero Focus también se inicia en una estación de tren, donde la protagonista se despide de su es­poso, con quien acaba de con­traer matrimonio. La extraña de­saparición de éste será el inicio de un largo periplo donde, otra vez, la atmósfera es condicio­nante: no se trata esta vez del opresivo calor, sino un cielo plo­mizo y un mar invernal que en­vuelven el relato en un desolador clima de fatalismo. La investiga­ción de la joven sacará a la luz vie­jos rencores y esqueletos en el ar­mario, prueba palpable de que, en las mejores películas de No­mura y Matsumoto el crimen no es tanto un gesto de maldad como un grave e irreversible error de cálculo. Por mucho que sus historias traten sobre la perse­cución y erradicación del delito, siempre queda en ellas un poso de amargura que impide cual­quier gesto de triunfo y termina lanzando un gesto compasivo ha­cia unos criminales que, en el fon­do, son también víctimas. Quizá, como buen cronista de sucesos, Matsumoto sabía que el crimen no es obra de seres extraordina­rios, sino una terrible flaqueza hu­mana. Y en Nomura encontró el cómplice ideal para poner en es­cena una serie de ficciones poli­ciacas que dejaban de lado los es­tereotipos para retratar, ante to­do, seres humanos.
Roberto CUETO

 

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