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Diario del Festival » JAPÓN EN NEGRO
Alegrías en la oscuridad
Jueves, 18 de septiembre de 2008

El delito es, mal que nos pese, un asunto universal. Por eso, aunque ciertas geografías hayan sido es­pecialmente fructíferas a la hora de ofrecer un potente imaginario literario y cinematográfico en tor­no a tan escabroso tema, es evidente que puede ser fácilmente trasplantado a cualquier realidad local. Sus intereses son bien co­munes a cualquier lugar donde se hayan juntado un puñado de se­res humanos: corrupción, ambi­ción, asesinato, pasión… Como es lógico Japón no iba a ser una ex­cepción. O casi podríamos decir que tenía el terreno más abonado que otros países: al fin y al cabo, hablamos de una sociedad que salió del hermetismo feudal hace apenas 140 años y que se lanzó con voracidad a las convulsiones del mundo moderno; que sufrió el raro y no deseado privilegio de ser la primera civilización víctima de la guerra atómica; que se levan­tó de sus cenizas para alcanzar un milagroso boom económico; que es hoy paraíso de la alta tecnolo­gía y también último reducto de viejas tradiciones… El siglo XX ja­ponés fue escenario del choque cultural con occidente y de un ful­gurante desarrollo económico, lo cual implica también su imagen en negativo: todos sabemos que el delito, en sus múltiples formas, de las más toscas a las más ima­ginativas, es consustancial al cre­cimiento de las sociedades mo­dernas.

Ese universo de crimen que­dó plasmado en el cine japonés desde muy pronto, tanto a tra­vés de manifestaciones muy locales de la delincuencia (como las cintas sobre los bakuto,o ju­gadores errantes) como me­diante la importación de géne­ros americanos como las pelí­culas de gángsters (que inspiraron a varios cineastas del período mudo). En realidad, la historia del género en Japón siempre se ha basado en la hi­bridación de todo tipo de in­fluencias externas (el film noir clásico, la novela policíaca, el ci­ne de acción de los años 70, el cine sobre la Mafia…) con in­gredientes autóctonos que con­fieren a estas variantes locales un sabor especial, único.

Influencias externas
El ciclo Japón en Negro propo­ne un recorrido a lo largo de se­tenta años de historia del género, desde el cine mudo hasta la obra de los más deslumbrantes talen­tos surgidos en la última década. En él se reúnen las más variopin­tas aportaciones al género de im­portantes cineastas: grandes clá­sicos como Akira Kurosawa, Ya­sujiro Ozu, Shohei Imamura o Nagisa Oshima; prolíficos maes­tros del género como Seijun Su­zuki, Yasuharu Hasebe, Shunya Ito o Kihachi Okamoto; y otros nombres menos populares que serán auténticos descubrimien­tos para el público español: Hideo Suzuki,Yoshitaro Nomura, Sadao Nakajima… No faltan tampoco las contundentes renovaciones de los códigos genéricos que han propuesto cineastas de la talla de Kiyoshi Kurosawa, Masato Hara­da o Kaizo Hayashi.

El ciclo reúne todo tipo de propuestas. El yakuza eiga, el equivalente nacional al cine de gángsters occidental, fue sin lu­gar a dudas la manifestación de cine criminal más fecunda y po­pular en Japón, y estará repre­sentado en la retrospectiva en sus dos variantes: el ninkyo ei­ga (o “película caballeresca”) y el jitsuroku eiga (o “película de crónica real”). Las primeras tie­nen como protagonistas a hé­roes trágicos que recuerdan más a los samuráis que a los mafiosos occidentales: hombres leales al jingi (código de honor) de su clan, capaces de sacrificar todo lo que tienen por la obliga­ción contraída con su oyabun (jefe), escindidos entre el deber y sus sentimientos personales. El yakuza que, con su espalda tatuada y katana en la mano, se enfrenta en un duelo a muerte a sus enemigos es un icono tan poderoso para el imaginario ni­pón como pueda serlo el detec­tive con gabardina y sombrero o el cowboy solitario para el oc­cidental. El escritor Yukio Mishima, gran admirador del yakuza eiga, comparaba esos relatos con las grandes tragedias grie­gas. Esa idealización caballe­resca del mundo de la delin­cuencia quedó defenestrada en la década de los 70 con el jitsu­roku eiga, un tipo de película que usaba técnicas similares a las del documental para sacar al ya­kuza de su universo mítico e in­sertarlo en la reciente y trau­mática Historia de Japón. Di­rectores como Kinji Fukasaku, el iniciador de la tendencia con su famosa Battles Without Honor and Humanity, manejan estos relatos con un brío y endiablado sentido del ritmo. Y formidables actores como Ken Takakura, Ko­ji Tsuruta o Bunta Sugawara da­ban vida en el yakuza eiga a los tipos más duros del star system japonés.
Roberto CUETO

 

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