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Estás en: Portada > 56 Edición 2008  > Diario del Festival > Imamura en negro
Diario del Festival » JAPÓN EN NEGRO
Imamura en negro
ENDLESS DESIRE / PIGS AND BATTLESHIPS
Domingo, 21 de septiembre de 2008

Conocido por películas tan fuera de género como La anguila, La balada de Narayama o Lluvia ne­gra, resulta curioso pensar que el maestro Shohei Imamura haya realizado incursiones en una práctica tan codificada como el “film noir”. Sin embargo, al prin­cipio mismo de su carrera, el mis­mo año en que debutaba en la re­alización, firmó un título en el que abundaban los elementos gené­ricos, hasta el punto de inscribir­se en lo que es una de las más ve­nerables tradiciones negras. End­less Desire (1958) narra el em­peño de una peculiar banda por dar el gran golpe que les asegu­rará un rosado futuro: un tesoro escondido que en este caso adopta la forma de un alijo de droga. La acción se ambienta diez años después de que Japón per­diera la guerra y, como el “film noir” americano, la trama es una excusa para ofrecer por una par­te un ajustado retrato de las con­diciones de vida de posguerra y por otra parte un ejercicio de es­tilo claustrofóbico: Imamura en-marca a sus personajes en lla­mativas composiciones visuales que aprovechan a fondo las posi­bilidades de un formato poco tí­pico del “noir” como es el Cine­mascope. Por supuesto la alian­za entre los miembros del grupo se revela precaria, dando lugar a juegos de poder y una cadena en serie de traiciones. El personaje más llamativo es el de la única mujer del grupo, Shima (Misako Watanabe), miembro inaugural de la galería de féminas fuertes que pueblan el universo de Ima­mura: es ella la protagonista de las escenas finales de la película, en donde aflora una iluminación expresionista que visualiza la con­denación que preside el mundo “noir”.

Pigs and Battleships (1961) es una pieza maestra de la nueva ola japonesa; en ella aflora ya el inclasificable estilo de Imamura, que mezcla trama criminal y co­media negra, una denuncia de la ocupación americana y cierta sátira del carácter (o falta del mismo) nipón. Sus personajes no son ahora un grupo heteróge­neo unido por la avaricia, sino delincuentes organizados: ya­kuza parasitarios que imponen su ley en la zona que rodea a la base naval americana de Yoko­suka. La película anuncia ya un tema muy caro a Imamura: la perversa analogía entre los hom­bres y otros animales,en este ca­so los cerdos con los que trafican los mafiosos y que a veces ali­mentan con sus víctimas. En una escena un yakuza descubre que el cerdo que se está comiendo se había comido antes a un huma­no, cuyo dedo encuentra; en la escena más famosa, los cerdos invaden las calles de la ciudad, imponiendo el caos. En su de­nuncia de la miseria que vive su país en la no tan inmediata pos­guerra, Imamura se deleita en lo grotesco y orquesta explosiones de violencia imprevista: cuando la heroína Haruko (Mitzi Mori) cede a la tentación de prostituir­se, como tantas otras jóvenes, acaba siendo violentada por tres marinos yanquis. A señalar que la película evita glorificar la figu­ra del yakuza a través del patéti­co personaje del novio de Haru­ko, ridículo hasta en el momento de su intento de redención final a sangre y fuego.
Antonio WEINRICHTER

 

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