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Diario del Festival » .DOC: NUEVOS CAMINOS DE LA NO FICCIÓN
El tragaluz del infinito
MY WINNIPEG
Martes, 21 de septiembre de 2010

“I must leave it”. La frase, repetida como un mantra, expresa un imposible: Guy Maddin quiere irse de sí mismo, escapar de una ciudad que es el Yo entre rejas, viajando en un tren que se desplaza en círculos y sin brújula. No necesita orientarse porque siempre hay que volver al mismo sitio.Winnipeg, como Rosebud, es una quimera: las sobreimpresiones sugieren un lugar feérico, que se pela como las capas de una cebolla que nos hacen llorar. La memoria como una cebolla: la película se desprende de una y de otra y de otra más haciéndonos dudar. ¿Qué es My Winnipeg? ¿Un documental autobiográfico? ¿Una meditación poética sobre una ciudad que nadie en su sano juicio visitaría en invierno? ¿Un docudrama? ¿Una fantasía de inspiración surrealista? Difícil saberlo, en tanto que es todo eso a la vez: las imágenes de archivo cabalgan sobre la recreación terapéutica que el canadiense Maddin hace de su propia infancia –en la que recupera, por cierto, a la femme fatale de Detour, Ann Savage: el cine como útero materno, como pluma que remata la escritura del yo–, las digresiones sobre la ciudad se coagulan en la sangre del que piensa y recita. Maddin escoge a un actor para ser él mismo, la familia a la que dirige finge ser la suya: siempre hay un intermediario que, por un lado, valida el lado de ficción que tiene toda sesión de psicoanálisis y, por otro, remite a aquello que el cine ha dejado como legado, ese tragaluz del infinito que lo traga todo.

My Winnipeg es al cine autobiográfico lo que Austerlitz a la autobiografía preñada de invención. La vida es sueño, aunque sea el Documentary Channel el que te encargue soñar, como le ocurrió a Guy Maddin.Soñar es cosa del cine primitivo, aunque ahora sea imposible ser tan inocentes como lo eran los cineastas mudos: por eso My Winnipeg es un palimpsesto de recuerdos y emociones impuras, porque nadie puede mirar El hombre de la cámara sin saber que luego hubo Las zapatillas rojas. Hablábamos de un mantra, y algo tiene de hipnótico este regreso a los orígenes del mundo y de la conciencia del mundo. La película se cierra con la imagen de un edificio encerrado en una bola de cristal en la que nieva, como si Winnipeg fuera la representación de una representación, el reflejo de un sueño en miniatura que se agita en medio de la noche. En realidad lo que nos dice Maddin es que todos vivimos en nuestro Winnipeg, la patria de los que imaginan, el paraíso de los que sueñan despiertos.“ I must leave it”, dice Maddin. Pero ¿por qué escapar del paraíso cuando lo necesitamos tanto?


Sergi SÁNCHEZ

 

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