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Diario del Festival » ZABALTEGI
Latigazos de violencia política
NUEVOS DIRECTORES, LOS COLORES DE LA MONTAÑA
Sábado, 25 de septiembre de 2010

Los colores de la montaña es una película hecha a base de latigazos, de ráfagas, de secuencias rápidas y secas que dejan un regusto raro en el espectador. Esta forma de contar la historia es posiblemente la más adecuada que podían haber elegido sus autores para transmitir esa sensación de violencia que el espectador respira constantemente,
sin necesidad de rodar escenas de combate llenas de efectos especiales.

Manuel, Julián y Poca Luz son tres chavales que viven en una aldea colombiana, un lugar
dejado de la mano de Dios y en el que pronto nos damos cuenta de que sus habitantes viven constantemente atemorizados por los distintos bandos del conflicto, ejército, paramilitares y guerrilleros, una situación que les había dejado a los críos sin maestra hasta que llega la nueva profesora.A Manuel su padre le regala un balón de fútbol por su
cumpleaños,pero un día la pelota cae en un terreno minado.Los chavales intentarán recuperarlo de distintas formas, pero no es tan sencillo.Mientras los niños viven en su mundo, los adultos sienten de cerca la amenaza de los distintos grupos armados,
amenaza que se va expresando en las pintadas que de cuando en cuando aparecen en las paredes del pueblo y que nadie salvo la maestra nueva se atreve a borrar.

En un determinado momento llegan a la aldea los paramilitares para castigar al padre de
Julián,cuyo hermano supuestamente ha huido a las montañas para unirse a la guerrilla, y luego llegarán los guerrilleros para pedir cuentas por la falta de cooperación de gentes como el padre de Manuel. Mientras tanto, la aldea se va despoblando y Manuel también tiene que partir, pero antes va a intentar recuperar lo que le pertenece.

Sin que se vea de forma directa, Los colores de la montaña transmite al espectador una sensación de violencia extrema, y lo hace sin golpes, sin apenas disparos. Los golpes
están sugeridos por el estilo de la narración, una narración seca, sin concesiones, que se limita a sugerir lo irrespirable que puede ser el ambiente en determinados lugares y la dureza
de la vida de muchas personas que sólo quieren vivir en paz y trabajar sin necesidad de
tomar partido por ninguno de los bandos armados. Carlos César Arbeláez es capaz de
contar todo esto partiendo simplemente de un grupo de chavales a los que les gusta jugar
al fútbol en su aldea, una aldea que en cualquier otra parte del mundo podría ser un lugar
estupendo para vivir.

M.B.

 

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