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Diario del Festival » GEORGES FRANJU
Georges Franju, poesía en duermevela
Viernes, 21 de septiembre de 2012

La obra de Georges Franju discurrió, en el momento de su realización, y discurre, hoy y cuantas veces en el tiempo pretérito ha sido analizada, contemplada y reconsiderada, entre diversas encrucijadas: la del cine de autor y el de género, la del documental y la ficción, la del realismo y la poesía, la de la Nouvelle Vague y la post-Nouvelle Vague… Muchos matices, algunas contradicciones, infinitas complejidades: así deben disfrutarse los mejores artistas, cuando son inclasificables y cuando la contemplación de su obra promueve posturas si no encontradas, sí divergentes, opuestas, llenas de recovecos, matices y cuantiosas sorpresas.

Así es el bello cine de este director que puede considerarse uno de los padrinos de la nueva ola, ya que fue, con Henri Langlois, el creador de la Cinémathèque Française, y allí, en su sala, ya se sabe, Truffaut, Godard, Rivette y compañía aprendieron a pensar en el cine y, después, a crearlo. Sin embargo, no se arrogó esa consideración –Langlois acabó siendo el gran tutor de los jóvenes turcos– y, como cineasta de ficción, decidió ser contemporáneo de ellos: su primer largometraje, La cabeza contra la pared, es de 1959, el mismo año de Los cuatrocientos golpes, Al final de la escapada e Hiroshima mon amour.

Sus documentales rompieron moldes y crearon escuela, especialmente Le Sang des bêtes, rodado en 1949, elegía de los mataderos de París, poesía de las vísceras y lírica hiriente de las cabezas cortadas y los cuerpos despellejados: el gesto cotidiano de la matanza de los animales, de la consecución de la carne, filmado con extraña, sonámbula, intensidad. Pero después, cuando dejó el documental para instalarse en la ficción, continuó trabajando en la misma línea, fuera de todo corsé: filmó historias increíbles como si fueran documentos y trufó de poesía las instantáneas documentales de edificios, museos, monumentos, catedrales, ríos o pescadores.

Ese lirismo casi anacrónico y en duermevela, que lo era entonces, lo es ahora y posiblemente continúe siéndolo de aquí a dos décadas, quedó impregnado en sus homenajes al folletín y el serial, la revisión del protagonista justiciero de Judex o su laberíntica Nuits rouges, dos películas a destiempo que valen su peso en oro por lo inclasificables y desafiantes que resultan. Admirador de Louis Feuillade y Fritz Lang, dos grandes del misterio, Franju supo también adaptar a Jean Cocteau, Joseph Conrad y Émile Zola, y estrechar lazos con Boileau y Narcejac, tan conocidos y reputados por Vértigo y Las diabólicas, cuando también le brindaron a Franju el guion de Ojos sin rostro, el gran filme sobre las máscaras, las suturas y las identidades.

QUIM CASAS

 

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