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Diario del Festival » LAS PELÍCULAS
Deconstruyendo la comedia americana
PUNCH-DRUNK LOVE / EMBRIAGADO DE AMOR
Domingo, 23 de septiembre de 2012

Después de realizar dos películas de una alambicada densidad narrativa, Paul Thomas Anderson sorprendía con esta pequeña pieza de trama ligera y concienzuda planificación a nivel formal y conceptual, en la que volvía a demostrar su extraordinario virtuosismo detrás de la cámara y su capacidad para descomponer los géneros, no solo para adaptarlos a su particular universo creativo, sino también para terminar reflexionando sobre su propio sentido. Y es que, más que ninguna otra película de las que integran este ciclo, Punch- Drunk Love (Embriagado de amor) se constituye casi como un mini-tratado sobre la comedia, una deconstrucción meticulosa que intenta acceder a la esencia más profunda de los mecanismos generadores de la risa.

¿De qué nos reímos en realidad? Barry Egan (Adam Sandler) es un individuo anodino, de vida apática, que sufre una desconexión total del mundo que le rodea: neurótico, maniático y obsesivo, es un hombre profundamente infeliz que ha de cargar con su particular tragedia personal (“A veces no me gusto”, “¿Qué estoy buscando?”, dice Barry). Es un individuo con graves problemas asociales que reconoce que a veces llora cuando está solo sin saber la razón y que sufre ataques de cólera cuando no es capaz de expresar hacia los demás lo que siente en su interior.

Anderson construye a partir de él una película incómoda que juega con el absurdo y el sinsentido, capaz de provocar una risa que se congela en la comisura de los labios cuando nos damos cuenta de lo miserable que es en realidad el personaje. Pero… ¿acaso no ha sido siempre así? ¿No es en realidad Adam Sandler en este filme un trasunto contemporáneo de Buster Keaton? Todo el trabajo corporal que realiza el actor está en realidad enfocado a indagar en ese germen, aunque el procedimiento visual y formal que impone Anderson intente distanciar al espectador de la esencia del gag que latía en la comedia primigenia. Y lo hace a través de un tratamiento atonal de la puesta en escena, tan aparentemente distorsionada como la propia mente del protagonista, y marcada por los ritmos internos fundamentales que consigue crear la música de Jon Brion, que domina desde su inusual alto volumen cada una de las escurridizas digresiones por las que transitan los protagonistas.

Sin embargo, a pesar del aparente carácter experimental que parece desprender la película, es en realidad una reformulación de la screwballcomedy clásica que no hace sino certificar la querencia de su director a la hora de acercarse
a la tradición del cine de su país en cada una de sus películas. La comedia es caos, el amor también. Y esta película es la suma feliz de ambas cosas.
BEATRIZ MARTÍNEZ

 

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