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El cine como acuario
DE PROFUNDIS
Domingo, 22 de septiembre de 2013

El coruñés Miguelanxo Prado es bien conocido en el ámbito del cómic. Cuando ya vencía el llamado boom de los tebeos, a finales de los años ochenta, su estilo amaneció en revistas como “Comix Internacional”, “Zona 84”, “Cairo”, “Cimoc” o “El Jueves”. De inmediato se le reconoció como uno de los dibujantes más notables de su generación, curtida en la autoedición y, en cierto modo, con más pretensiones de autoría que las precedentes. En pocos años (muchos antes de que el medio e la historieta se celebrase como capaz de interesar a un público adulto bajo la etiqueta de “novela gráfica”), Prado se iba a consagrar con “Trazo de tiza”, una historia introspectiva y grave en cuyas viñetas se prefiguraba l ambiente marítimo que más tarde iba a plasmar en pantalla.

Prado tenía cierta experiencia en la animación cuando se embarcó, y nunca mejor dicho, en la confección de esta película. Antes había diseñado personajes para el programa de la televisión gallega “Club Xabarín” y para la serie de dibujos derivada de Men in Black, bajo la producción de Steven Spielberg. Fueron precisamente esas colaboraciones, que sin duda le requirieron un compromiso industrial al que el medio del cómic no le tenía acostumbrado, lo que le decidió ir tramando una pieza audiovisual donde no tuviera que ver su estilo sometido al engranaje de la animación comercial, una película donde su discurso y su personalidad gráfica no fueran coartados por los estándares. Y se echó a la mar.

Técnicamente De profundis no es una película de dibujos animados sino de pinturas animadas, y animadas sólo hasta cierto punto, porque Prado decidió que las cualidades plásticas y las texturas primasen sobre la inercia del movimiento. Su historia, la de un pintor que navega en un pesquero antes de que se desencadene un temporal, es breve y rendida a la poética de los sentidos. La película se formulacomo un canto a la vida no solo marítima sino de ultramar, submarina y del espíritu, y en su lírica tradicional y confortable se resuelve como una propuesta que tal vez habría sido insensata en imagen real, pero que en el grafismo luminoso y turquesa de Prado, en su trazo melancólico discurriendo bajo la música de Nani García, se logra paisajismo de gran espectáculo.

De Profundis, que supuso una empresa más que atrevida y valiente n el contexto de nuestro cine, no es una película que haya que ver, porque de lo que se trata, sobre todo, es de mirarla. O de bañarse en ella. Dispónganse para la inmersión.

RUBÉN LARDÍN

 

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