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Diario del Festival » ANIMATOPIA
Grieta a otro mundo
THE PIANO TUNER OF EARTHQUAKES
Martes, 24 de septiembre de 2013

Más que películas, los filmEs de los Quay son, por decirlo de alguna manera, climas. Resulta complicadísimo recordar el argumento de cualquiera de sus títulos, quizá porque apenas importa. En cambio, la impresión anímica y sensorial que deja cualquier toma de contacto con su universo arcano deja una impronta tan difícil de definir como de borrar.

The Piano Tuner of Earthquakes no es una excepción a esta norma. De hecho, intentar explicarla en base a su trama es como no explicar nada. Más o menos la cosa va así: un mad doctor con maneras de nigromante secuestra a una hermosa diva de la ópera para convertirla en un ruiseñor mecánico. Esta sinopsis puede ser más o menos sugerente, pero apenas pesa si al otro lado de la balanza se pone todo el talento creativo que Stephen y Timothy Quay invierten en la dirección artística, en la iluminación, en los detalles de la banda de audio o en la incorporación de técnicas de animación en una película con actores reales. Por eso, lo sustantivo en The Piano Tuner of Earthquakes, como todo el cine de estos hermanos americanos afincados en Inglaterra, es su ensoñación pesadillesca, su oscuridad, su textura.

Decía Tim Burton que una de las particularidades más hermosas de la stop-motion es que cualquier pieza que se trabaje con esta primitiva técnica de animación acaba adquiriendo un tono melancólico, quizá porque tiene algo de arte perdido, quizá porque invoca a cierto sacrificio artesanal. Los Quay, algo así como una alternativa a Burton desde una postura más radical, cripticista y arty (de hecho, su obra se ha exhibido más veces en museos que en salas comerciales), conocen perfectamente e incluso provocan estos efectos secundarios tonales de la stop-motion. The Piano Tuner of Earthquakes, incorporando esta técnica de manera muy sutil y puntual, está tocada toda ella por cierto placer en el abatimiento. Como también sucedía en Institute Benjamenta, su debut en el largo inspirado en el libro “Jakob Von Gunten” de Robert Walser, el segundo largometraje de los hermanos Quay también busca la poesía del derrumbe y el decadentismo.

En los fotogramas de este relato de un romanticismo hermético, misterioso y añejo se advierten otras presencias además de la de los Quay. Los fantasmas del Hans Christian Andersen de “El ruiseñor” y el Adolfo Bioy casares de “La invención de Morel”, del David Lynch de los primeros cortos y de los Jeunet-Caro de La ciudad de los niños perdidos, de Guy Maddin, David Tibet y Alesteir Crowley, se cuelan en esta ocasión por las grietas que los filmes de estos hermanos siempre abren a otros mundos.

JOAN PONS

 

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