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Diario del Festival » SECCIÓN OFICIAL
Rondón: «La intolerancia es un problema político»
PELO MALO
Domingo, 22 de septiembre de 2013

En los primeros fotogramas de Pelo malo, el protagonista y su amiga juegan a completar las existencias de los vecinos del bloque de enfrente, a imaginar las tramas vitales que contienen sus habitaciones, como ocurría en la última ganadora de la Concha de Oro, Dans la maison. Pero los edificios burgueses que filmó François Ozon nada tienen que ver con las viviendas hacinadas que observa Junior. La hostilidad de Caracas alimenta la atmósfera tensa y desasosegante de la película de Mariana Rondón que aborda con sutileza “la intolerancia dentro de un contexto social que no acepta lo distinto”.

Al sentimiento de desazón contribuye una fotografía que persigue que el espectador “sienta la ciudad, casi la sude” y la particular banda sonora que compone “un ruido incómodo y alterante que trata de colarse en el subconsciente del espectador”, de acuerdo a la descripción de la productora, Marité Ugás, aliada también de Rondón en sus dos primeras películas, A la media noche y media y Postales de Leningrado.

En este territorio de la precariedad sobrevive una colección de personajes heridos. Junior tiene nueve años y un deseo, o deseo y medio: ser un cantante de moda con el pelo liso. Pero su progenitora, que solo ansía recuperar su trabajo como guardia de seguridad y ser un modelo para sus hijos, lo rechaza, entre el temor y la repugnancia a una persona distinta en una sociedad que ofrece como únicos disfraces el uniforme militar o la banda de miss. Rondón construye esa historia sobre “la incapacidad de reconocer las necesidades, la libertad y los deseos del otro” a través de las miradas. La mirada del niño, que molesta a su madre: “No me mires así”, le repite. La mirada tuerta de la madre al hijo: “En esta casa todos miramos. Yo miro, el bebé mira, tú también tienes que mirar”, le reclama Junior. La del espectador, que sabe más que esa mujer viuda con dos niños, y que se guía también por lo que no se dice, las referencias incompletas de episodios que han marcado la existencias de los protagonistas. Porque la violencia de la película está fabricado con silencio y palabras ásperas, sin un solo golpe. “No necesitaba una cachetada”, explicó Rondón.

Denuncia de la homofobia

En esta trama “sostenida por el miedo”, Rondón, que mencionó como referencia el filme Fish Tank, quería subrayar el “gran matriarcado” que habita Venezuela, “una masa de mujeres enfrentadas a una vida y a una ciudad muy dura, que están levantando hijos, sobrinos y nietos”. Este relato íntimo sobre una familia encabezada por una madre desdichada y desquiciada funciona como excusa narrativa para desarrollar un tema “muy político”, la intolerancia, aunque “sin mostrar evidencias”. La intransigencia se detecta en la actitud de los personajes hacia la homosexualidad del niño, que nunca se confirma explícitamente en la película.

En Venezuela el año pasado fue un éxito de taquilla Azul y no tan rosa, que trata la homofobia, y Rondón anunció otras “tres o cuatro” nuevas producciones en torno a esta temática, una coincidencia que no es casualidad. “Venezuela es uno de los pocos países latinoamericanos donde no se considera un problema la homofobia”, precisó la cineasta. Para denunciar este asunto “complejo” citó un episodio de hace dos o tres semanas, en el que “un diputado del partido del Gobierno empezó acusando a los miembros de la oposición de corrupción y devino en acusaciones de homosexualidad”. Después se corrigió: “Complejidad es un eufemismo; no, es absurdo, ridículo y peligroso”.

R.P.

 

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