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Diario del Festival » Muriel Box
Fingimientos y engaños
Dear Murderer Daybreak
Domingo, 23 de septiembre de 2018

Eric Portman fue un notable actor británico de carácter de los cuarenta. Hizo algunas de sus mejores composiciones en películas de Michael Powell como Los invasores y A Canterbury Tale. Pero también funcionó bien, con papeles tan mesurados como perturbadores, en dos películas escritas por Muriel y Sydney Box: Dear Murderer, dirigida por Arthur Crabtree en 1947, y Daybreak, rodada un año después por Compton Bennett, en la que sería la última colaboración de este director con la pareja tras El séptimo velo y The Years Between. A Crabtree se le recuerda poco. A Bennett algo más: codirigió un clásico de aventuras, Las minas del rey Salomón.

En Dear Murderer coincidió la familia Box al pleno, Betty como productora y Muriel, Sydney y Peter Rogers, marido de Betty, como guionistas. La trama de melodrama criminal acaba siendo un sofisticado entramado de engaños y fingimientos: Vivien Warren simula amar a su esposo, Lee, el personaje encarnado por Portman, mientras que este finge que no sabe que su mujer tiene varios amantes. En la primera y larga secuencia, Lee asesina al amante de Vivien, Richard Fenton, y lo hace pasar como un suicidio con gas. Pero al instante descubre que Vivien había roto con él y ya tiene un nuevo amante igual de petimetre que el anterior, Jimmy Martin.

En un momento especialmente logrado, Vivien llama por teléfono a Jimmy mientras Lee escucha la conversación con otro aparato desde la estancia contigua y Jimmy está en su apartamento con la hermana de Richard, Avis, a la que da vida Hazel Court, después vista en varios filmes del ciclo Corman-Poe. Muchas apariencias y ninguna verdad. Mentiras e imposturas. Dobles juegos. Vivien es una femme fatale de lo más ortodoxo, perversa y sin escrúpulos, aunque más elegante que las mujeres fatales del film noir, Barbara Stanwyck o Lana Turner. El film tiene un regusto sádico: solo hace falta ver como disfruta Lee con todas las situaciones equívocas que provoca.

Portman también mata en Daybreak, pero lo hace por otras razones: es el verdugo de un presidio. Pero oculta el trabajo a su esposa, una magnífica Ann Todd (protagonista de El séptimo velo y del film de Hitchcock El proceso Paradine). Otra historia, una más, de fingimiento. Parte del film transcurre en una barcaza en el Támesis. Pero no es un espacio romántico, como el de la gabarra en el Sena al comienzo de L’Atalante de Jean Vigo: la sombra de la duda aparece, amenazante, en la figura del marinero que intenta seducir a la esposa y la escasa capacidad para el rechazo que esgrime ella.

Dear Murderer tiene algunos flash back puntuales que visualizan situaciones inventadas por el protagonista. Daybreak está contada toda en un largo flash back, lo que acentúa su poso trágico, irreversible, desde el primer momento. Porque es una tragedia en toda regla donde los personajes, firmes al principio, son vulnerados por culpa del deseo, la violencia y, también, el azar. Dos películas pues sedimentadas en el claroscuro moral, un terreno en el que los Box, como guionistas, se movieron siempre de manera cómoda.

QUIM CASAS

 

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