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Diario del Festival » Klasikoa
Que el tiempo no sea ladrón de películas
Ladri di biciclette / Ladrón de bicicletas
Lunes, 24 de septiembre de 2018

Aunque Visconti se había entrenado en Francia con Renoir, había teorizado sobre el “cine antropomórfico” y había rodado con aliento realista Ossessione (1942), el neorrealismo solo pudo expedir su partida de nacimiento en una Italia libre ya del yugo fascista con Roma ciudad abierta(1945) de Roberto Rossellini. Se trataba de filmar principalmente en escenarios naturales, a menudo con actores no profesionales y sin maquillajes que pronunciaran diálogos sencillos, sin luces ni decorados artificiosos; en definitiva, lejos del cine grandilocuente que gustó a Mussolini, y a la búsqueda ahora de un verismo documental con rostro humano.

Vittorio de Sica y su guionista Cesare Zavattini se suman decididamente a este clímax neorrealista gracias a Ladrón de bicicletas (Ladri di biciclette, 1948), que abandonará temas directamente relacionados con la guerra para abordar algunas de sus más trágicas consecuencias sociales. Un pobre –porque no son pobres sólo los que tienen que mendigar– ha de poseer una bicicleta para poder acceder a un trabajo municipal pegando carteles por las paredes de una Roma que aún muestra algunas de sus cicatrices abiertas. A iniciativa de su mujer, empeñan las sábanas y pueden recuperar una bicicleta previamente empeñada. Al poco de empezar a trabajar, otro pobre se la roba. Y entonces él, desesperado ante el peligro (y la vergüenza) de no tener cómo sacar adelante a su familia, piensa en robar a su vez otra bicicleta. Vuelve así a iniciarse trágicamente, ante la mirada de su propio hijo, el círculo vicioso de la precariedad y la miseria. El conjunto está dotado de la fuerza inmensa que otorga a la película la participación de actores no profesionales. Lamberto Maggiorani fue elegido como protagonista masculino, siendo un obrero romano: su manera de moverse y sus manos verdaderamente callosas convencieron a De Sica. La protagonista femenina, Lianella Carell, era una periodista con vocación literaria. Y el niño, Enzo Stajola, se sometió a una prueba por puro azar. Zarandeada por la pobreza y la insolidaridad es esta una de las familias cinematográficas más veraces de la historia. En un desenlace emocionante y desolador, las lágrimas del pequeño rescatarán a su padre y sus manos apretadas avanzarán conmovedoramente entre la multitud. Siguen siendo pobres; además, han sido humillados y lloran. Pero siguen caminando juntos. Y el niño ya no lo es tanto...

Setenta años después la película no tiene una sola arruga. En todo caso, la tenían sus soportes. El trabajo escrupuloso de la Cineteca de Bolonia (en el laboratorio L’Immagine Ritrovata) para su restauración y la puesta en valor del Festival Lumière y de su director Thierry Frémaux (que es a su vez delegado general del Festival de Cannes) nos la regalan de nuevo para evitar que el tiempo sea ladrón de películas.

Joxean Fernandez

 

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