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Diario del Festival » Muriel Box
El colmado de la esquina
The Happy Family
Viernes, 28 de septiembre de 2018

La fina ironía que recorre de proa a popa The Happy Family (1952) queda ya plasmada en el primer minuto de proyección, una situación descrita visualmente, sin palabras. Resulta que un barrio de Londres está levantando un gigantesco proyecto urbanístico de cara a un festivo evento internacional. De repente, un empleado repara en algo raro contemplando un plano de las obras. Los arquitectos acuden y se les ve muy desconcertados. El asunto va de despacho en despacho, subiendo en el escalafón hasta llegar a instancias ministeriales. Descubrimos la tostada: en el inmenso solar vacío donde ha de construirse el proyecto queda todavía, en la esquina de una calle, una casa solitaria, que es a la vez un colmado y la vivienda de su familia propietaria. Por supuesto, hay que proceder a su desalojamiento y derribo. Pero la familia, tozuda, no está dispuesta a ceder, no por menos de seis millones de libras de indemnización, y está decidida a plantar cara, armarse (latas de conserva no les faltan) y ofrecer resistencia, convirtiendo su hogar en El Álamo británico.

Esta historia, escrita por Sydney y Muriel Box a partir de una obra de teatro de Michael Clayton Hutton, propicia una comedia deliciosa, alegre, de aroma clásico, aderezada con ingeniosos toques de costumbrismo y una pizca de mordacidad en el retrato de las gestiones burocráticas. Inevitablemente, The Happy Family trae el recuerdo de dos modelos canónicos de comedia. Por un lado, las fábulas sociales del Frank Capra de los años treinta, pobladas por individuos testarudos, aferrados a sus ideales. La un tanto excéntrica familia protagonista es, en este sentido, similar a la de Vive como quieras (1938): una hija adolescente que danza compulsivamente a todas horas, una tía solterona obsesionada hasta la demencia por el espiritismo y el más allá, un padre que mima a su conejo y habla con él con toda la naturalidad… Por coincidencia geográfica, el otro modelo es más obvio todavía: la incomparable comedia de los estudios Ealing, donde eran frecuentes las historias de pequeñas comunidades orgullosísimas de su identidad, sus costumbres y sus patrimonios: una vieja barca (La bella Maggie, 1954), un trenecito de vía estrecha (Los apuros de un pequeño tren, 1953) o un barrio londinense que inesperadamente se descubre que es independiente del resto de la ciudad (Passport to Pimlico, 1949). El protagonista de las dos últimas era el siempre inmenso Stanley Holloway, que lo es también de The Happy Family, y con qué autoridad y savoir faire recrea al padre de familia o al maquinista de una locomotora de vapor (tan verosímil Holloway en este oficio como Michel Simon en El tren, 1964), a quien pillamos precisamente el día de su jubilación.

Finalmente, una observación: probablemente Wayne Wang y Paul Auster desconocían la existencia de esta película cuando fabricaron Smoke (1995), pero la tiendecita de la esquina objeto del enredo es muy parecida al estanco que tan amorosamente fotografiaba Harvey Keitel cada día.

Jordi Batlle Caminal

 

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