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Diario del Festival » Sección Oficial
Medio siglo de ‘woody movies’
RIFKIN’S FESTIVAL
Viernes, 18 de septiembre de 2020

El amor que nuestro hombre siente por Groucho se manifiesta en el disfraz que se ponen los padres del protagonista de Toma el dinero y corre, avergonzados del hijo; en la cita del club selecto de Annie Hall; en
la lista de las razones por las que merece la pena vivir de Manhattan, que encabeza el ínclito Marx, o en el carnavalesco final de Todos dicen I Love You, su carta de amor al cine musical. En Bananas, son Chaplin y Eisenstein los sujetos homenajeados. En Sueños de seductor (Herbert Ross, director), Bogart ejerce de consigliere sentimental. Owen Wilson, en Midnight in Paris, le sugiere a Buñuel la trama de El ángel exterminador. La edad de oro de la screwball comedy está sintetizada en el momento de Melinda y Melinda en que la bata de Will Ferrell queda atascada en una puerta. Nuestro hombre es neoyorquino de pura cepa, pero adora a Fellini y a Bergman: se hace el sueco en los llantos (Interiores) y, guadaña mediante, en las carcajadas (La última noche de Boris Grushenko), y se italianiza con licencia para matar de risa (Desde Roma con amor). Su obsesión por la cosa italo-sueca lo empujó a la apropiación de Vittorio Storaro, Carlo di Palma o, de la propia cantera bergmaniana, Sven Nykvist y Max von Sydow. También se adueñó de viejas glorias de la pantalla: John Carradine, Van Johnson, Claire Bloom, Maureen O’Sullivan, Lloyd Nolan… Cinefilia incontinente, la misma enfermedad que padecen Tarantino y Godard, en su caso diagnosticada en el diván del psicoanalista. 

Ningún otro cineasta en la historia ha dedicado tantas horas de ficción a observar el propio cine y sus vanidades como nuestro hombre: Recuerdos, Delitos y faltas, Desmontando a Harry, Celebrity, Un final made in Hollywood, Café Society y Día de lluvia en Nueva York abordan íntegra o parcialmente la industria del cine desde ángulos tan diversos como ingeniosos. Y luego está esa soberbia reivindicación del poder balsámico del cine, de ecos pirandellianos, que lleva por título La rosa púrpura de El Cairo. Más allá de la cita culta, el homenaje o la exploración intestinal del séptimo arte, lo asombroso de nuestro hombre es que el cine, el gran cine, lo lleva imprimiendo él mismo, a lo largo ya de medio siglo de actividad ininterrumpida, en el tejido de sus imágenes y sus historias, ebrias del mejor cine clásico; solo un ejemplo: la escena de la joyería (Banderas y Watts) de Conocerás al hombre de tus sueños posee el latido delicado, la inmaculada sofisticación de un Mitchell Leisen. Y, ahora, que se levante el telón, que viene Rifkin’s Festival, otra de cine.

Jordi Batlle Caminal

 

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