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Diario del Festival » Zabaltegi-Tabakalera
La sugerencia de lo poético
Los conductos
Lunes, 21 de septiembre de 2020

El Bogotá de Los conductos es nocturno y marginal. Su época podría ser contemporánea, aunque el director, Camilo Restrepo, se baste con la puesta en escena para convertir la crónica social en una película de ciencia ficción. Los conductos podría estar retratando el presente, pero la vacilación a la que invitan las imágenes proyecta la película hacia el futuro, y la textura de los 16mm parece referirse al pasado.

El formato en 4:3 da pie a una puesta en escena quirúrgica, en la que cada gesto y cada detalle se sublima. Ha habido un disparo, que ha alcanzado a alguien. El plano de un revólver, el haz de luz de una linterna que cae al suelo, y un agujero de bala por el que brota la sangre. Cada elemento aparece por separado, y entre los huecos que dejan va sedimentando el enigma que envuelve al protagonista. De él, apenas sabemos nada. Quizá, que se llama Pinky, y que parece huir de alguien o de algo, y que no le queda otra que refugiarse en cualquier rincón donde pueda robar algunos cigarrillos, mientras malvive trabajando en una fábrica de camisetas de marca falsificadas. Por un lado, está la cruda crónica política de la marginalidad; la del mercado negro de la ropa con el logo de Adidas. Por el otro, la bella obcecación de un cineasta que rechaza la evidencia del cine social más burdo para abrazar la sugerencia de lo poético.

La máquina de estampados gira, grabando por turnos las distintas marcas. Su movimiento es circular, igual que el agujero del depósito de una moto, que la forma de la luna, o el faro de un vehículo. También es redonda la herida de una bala. Y así, entre rimas visuales y fueras de campo, Restrepo va construyendo un imaginario único y profundamente cinemático. Mientras, Pinky escapa.

En la carrera, el hombre se para un momento a comer un sandwich, que destapa para ir sacando por turno el tomate, la lechuga y todo lo que hay dentro: deconstruye el bocadillo como el cineasta va fragmentando las escenas.

Fritz Lang comenzaba Spione con el plano detalle de una mano que roba unos documentos y con los círculos de una antena de comunicación. El arranque resumía el gusto por la precisión de Lang, y ensalzaba a la vez el gesto y las capacidades narrativas del montaje. Un siglo después, Restrepo vuelve a aquellos orígenes; ahora con un cine en color, y con la insistencia en el sonido para revelar aquello que permanece en fuera de campo –una lección, entre otros, también de Lang–.

Los conductos parece un islote en un cine actual que abusa de la obviedad. No se trata, sin embargo, de un artilugio únicamente estético, sino de un retrato de la desesperanza a la que aboca un mundo en el que es imposible vivir. Quizá en la convicción rotunda de las formas y de la sugerencia es donde Restrepo encuentra una manera de rebelarse contra todo esto.

Violeta Kovacsics

 

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