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Diario del Festival » Zabaltegi-Tabakalera
Relaciones con líneas de fuga
Le sel des larmes
Martes, 22 de septiembre de 2020

Es curiosa la estabilidad que ha ido adquiriendo el cine de Philippe Garrel en su madurez. Sobre todo para alguien que representó tan claramente la radicalidad y el riesgo, como se comprobó en la retrospectiva que el Festival de San Sebastián dedicó al cineasta francés en 2007. Rueda, termina y presenta su nueva película cada dos años, durante la última década casi siempre en blanco y negro, y hasta los carteles con sus imágenes de parejas con fina tipografía en un color pueden formar una colección. En este caso, además, con actores poco conocidos. Y sin embargo no hay nada de acomodaticio ni de repetitivo en esa tendencia: es como si Garrel hubiera encontrado un clasicismo a su medida, sin dejar de ser rabiosamente contemporáneo. No busca ya ruptura, sino fluidez y cercanía en sus personajes, y eso lo consigue; pero se permite elipsis inesperadas y pequeños enigmas formales. Tampoco busca la sofisticación pero todo desprende una modesta elegancia en la belleza desnuda de las imágenes. Quizá, con el tiempo, el cine de Garrel y el de Hong Sang-soo tienen sus puntos de confluencia según cómo los mires (¿ese encuentro inicial en la calle que abre una relación solo con una mirada casual?), pero Garrel no puede resultar espartano, parco.

Si se mira mal, se puede concluir que Le sel des larmes versa sobre un chico que va de flor en flor, esa expresión tan antigua y cursi. Luc es un joven de provincias que va a París para un examen y queda prendado del encanto de una joven, interpretada por la mayor revelación de la película, la actriz Oulaya Amamra. Con el paso del tiempo, esa relación se romperá, con una cuestionable actitud por parte de Luc, que inicia otra en su regreso al pueblo. Así, Le sel des larmes parece conformarse en forma de tríptico amoroso, pero el guion escrito por Jean-Claude Carrière –asociado de por vida a su trabajo con Luis Buñuel–, la habitual colaboradora Arlette Langmann y el propio Garrel, introduce otro elemento, el anciano padre del protagonista y la especial relación entre ambos, como tirón de las posibilidades que tiene de madurar un joven que ante el amor toma a veces decisiones egoístas, incluso reprobables, que sin embargo Garrel evita juzgar. Confundir eso con un supuesto aliento machista en el planteamiento del cineasta sería volver a la primitiva confusión entre personaje y autor.

En los matices de los personajes, precisamente, reside buena parte del atractivo de un film que también se beneficia de la luminosidad de las
calles, de los contrastes con el hábitat más rural y de las perspectivas del paso del tiempo, y muestra a un Garrel en racha.

Ricardo Aldarondo

 

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