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Estás en: Portada > 69 Edición 2021  > Diario del Festival > La suerte del matrimonio
Diario del Festival » Omar Ayasshi junto a Javier S. Jiménez, comisario de la muestra en Donostia.
La suerte del matrimonio
THE HOUSEMAID / HANYEO / LA CRIADA
Viernes, 17 de septiembre de 2021

Si para Balzac era una ciencia, Kim Ki-young se diría más partidario de catalogarlo como sistema. Filosófico, moral, tal vez político. Un contexto, en cualquier caso, donde llegado el momento la malicia y la bondad humanas pugnarán por hacerse con el timón. Hablamos del matrimonio. De la vida en común.

En La criada, que durante cuarenta años fue el secreto mejor guardado del cine coreano, un profesor de piano, marido virtuoso y padre trabajador, asume que las tareas domésticas han enfermado a su esposa embarazada, quien se ha visto obligada a coser cual Penélope por colaborar en el mantenimiento de su nueva y flamante vivienda de dos alturas. Para atenuar la carga, el hombre traerá a escena una doncella, una criada joven que se arrogará prebendas de vampiro e irá gangrenando el bodegón familiar desde su centro neurálgico, desde el corazón del hogar que es siempre la cocina, una estancia, en esta ocasión, muy allegada a las cocinas nuestras de entonces, más próxima a los fogones y alacenas de El extraño viaje que a cualquier biombo de papel de arroz.

Kim Ki-young, que morirá con el siglo y junto a su esposa en un incendio, tomaba aquí buena nota de los cambios que se habían dado en la sociedad de su país tras la Guerra de Corea, entre ellos la incorporación de la mujer casada al mundo laboral, para armar un melodrama sanguíneo y morboso, expresionista y tocado de neorrealismo en su sentido trágico pero también lindante con el terror y la serie B, querencias que irá manifestando una filmografía posterior sucia como una pocilga de poesía necrófila y pulsión de muerte, y preocupada siempre por informar de una espantosa obsesión: que la mujer, en tanto que hembra, es un demonio aniquilador.

La criada, cuya protagonista femenina resultó tan odiosa al público que arruinó la carrera como actriz de Eun-shim Lee, es la pieza más célebre de esa voz tocada de misoginia que se certificará en Woman of Fire (71) y Woman of Fire ’82 (1982), adendas que perseveran en el súcubo, en la alucinada A Woman After a Killer Butterfly (1978), donde un estudiante recibe la visita de una mujer muerta hace dos siglos dispuesta a devorarla, o en Beasts of Prey (1984), en la que un adúltero sucumbe a una confabulación femenina en lo que era una revisión de su propia The Insect Woman (tal vez la primera película del director vista en España, ya que participó en la sección oficial del Festival de Sitges de 1972), que tomaba lugar en una clínica donde los internos eran damnificados por la mera existencia de sus esposas, hombres devaluados por el yugo.

Decía Umbral, preguntado por el adulterio, que en el matrimonio cabe de todo, incluso un crimen. Está muy bien pensado, remataba. La criada, exaltada y febril como una Susana de Buñuel puesta de anfetaminas, dialoga todavía vibrante con películas como Parásitos (Bong Joong-ho, 2019) o El sirviente (Joseph Losey, 1963) mientras puja en ese augurio a partir de la invasión intestina, aquella que cifra la desdicha en los agentes propios de la institución conyugal: el tiempo, el trabajo, los niños, las ratas. Una auténtica pesadilla.


Rubén Lardín


 

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